lunes, junio 09, 2008

Y nuevamente, el vaso se derrama sobre mis zapatos. Lineas cruzadas que no devi aver cruzado, caminos ya marcados que, nuevamente, voy pisando. Y he aqui cuando todos me observan, donde hablan un idioma tan extraño como el japones, un idioma que sólo ellos entienden. Y luego, me desprendo de todo, sin escuchar, sin hablar, sin sentir, sin mirar, sin nada. Ojala todo eso fuera posible, pero sin embargo, llevo días en donde mis pies se quejan, y mis manos tiritan, y eso es la prueba exacta en que sigo respirando el mismo aire de todos. Mi vida se va tornando real, me parte el cerebro todos esos colores tan fuertes, esos sonídos grotescos que me taladran los oídos. Saber lo que es la vida, saber como enfrentar los temores. El vaso, intacto en el piso, lo tiro lejos de mi vista, no quiero sentir ese palpitante dolor en las sienes, y en mi reflejo veo un par de ojos que no transmiten nada, solamente son ojos, que drástico es el mundo a la vez, estoy cansada, pero como se dice, la muerte se hizo para descansar. Tengo nauseas, quiero leer y escapar a ese mundo que solo yo se, ese mundo en el que nadie puede entrar, un mundo que es solo mío y que a su vez se van tornando fuertes barreras de acero. Miro hacia el estante de libros y por un instante me detengo a pensar cuanto tiempo me detuve pensando en ellos, cuanto tiempo me detuve para ellos. Siento frío y calor al mismo tiempo, me produce gracia este sentir. Estoy cansada, y aún no he caminado mucho, pero no devo quejarme, sólo sonreír para el mundo, sólo sonreír.